lunes, 2 de mayo de 2011

LA ÚNICA VERDAD DE LA GUERRA ES QUE MUERE GENTE.

La guerra es un horror donde las propiedades se destruyen, los campos se devastan y, lo más valioso, se pierden vidas humanas. No importa que bando tenga razón, ni cuales son los motivos que conducen al conflicto, ni si esta es legal o no o si es una guerra defensiva o de conquista. Lo cierto es que es una pesadilla donde la muerte, el sufrimiento y la sangre son omnipresentes. Sólo hay que recordar las bajas producidas durante la Segunda Guerra Mundial para darse cuenta de ello y de la terrible escalada que, progresivamente, ha realizado la raza humana en su afán de destruirse a si misma. Se baraja la cifra oficial de unos cincuenta y cinco millones de muertos, una cifra que a nuestros oídos suena vacía y fría, (sobre todo por el embrutecimiento moral que nuestra actual sociedad va acumulando junto a las pérdidas de los valores más elementales), pero que quizás puesto de esta manera nos haga reflexionar: 55.000.000 de muertos.

Entonces, siendo la guerra algo tan brutal y sangriento, ¿qué tiene para que las personas diriman de tal manera sus diferencias y porque nos atrae tanto? A la primera cuestión no podemos responder, porque no es el momento y eso lo llevan intentando mentes más preclaras que las nuestras desde hace siglos, pero en cuanto a la segunda cuestión, el porque nos atrae tanto, podemos decir que la guerra tiene un componente épico y aventuro que es el que nos hace sentirnos atraídos por ella, por su estudio y vicisitudes, también por su descarnada violencia.

En el mundo políticamente correcto que nos toca padecer en la actualidad, decir que la guerra nos interesa por su componente épico o violento es como mínimo invitar a los demás a que nos tachen de violentos, de extremistas políticos y a que se nos tache de amantes de la guerra. Algo completamente absurdo, porque la guerra forma parte, por desgracia, de la Historia del ser humano y como tal no hay que olvidarlo y hay que estudiarla para aprender de los errores cometidos para no volver a recaer en ellos, cosa que, por desgracia, es una lección que no terminamos de aprender. Por eso, podemos sentirnos atraídos por la violencia desmedida de la guerra, por su épica violenta y no por eso ser nosotros mismos violentos.

Dentro de la guerra el componente épico se vislumbra en el movimiento táctico y disciplinado de las tropas, de la gestión de los recursos o de las tremendas batallas donde máquinas y hombres se confunden en una vorágine de acción y crueldad. Pero también en la valentía de los soldados y oficiales que con sus acciones y pensamientos conforman aquello que se denomina "héroe". Dentro del ejército alemán de la Segunda Guerra Mundial hubo hombres que destacaron por encima del resto, soldados que fueron más allá del cumplimiento del deber, que lucharon por su país y sangraron y sufrieron abundantemente por ello (algunos incluso murieron), aunque, como no nos cansamos de repetir los autores de esta obra, lo hicieran por unos ideales equivocados. Sus hazañas brillan en los Diamantes de sus Cruces de Caballeros y quedarán para siempre reflejadas en las páginas de la Historia, porque, mal que nos pese, la guerra, como ya se ha dicho, forma parte del conjunto del ser humano.

Todo aquel que se acerca para leer este libro es porque le atrae el estudio de la Segunda Guerra Mundial, el conflicto más salvaje de todos, y porque siente que forma parte de aquellos soldados que protagonizaron acciones de valor y honor que parecen sacadas de películas de acción. Incluso el más desapasionado estudioso de la historia bélica no puede por menos sentir como el corazón le palpita un poco al conocer las historias de estos veintisiete héroes alemanes, y no puede evitar que la mente le viaje a esos duros momentos a esas batallas y sueñe con un poco de gloria, con un momento de cruda emoción que le haga sentirse más vivo y un héroe. Se imagina a si mismo empuñando un fusil, o quizás un reluciente sable, notando el poder que te confiere un arma, impartiendo órdenes a sus soldados o, porque no, cargando heroicamente contra el enemigo, para honra de su uniforme y admiración de sus iguales. Sí, eso es la épica de la guerra, lo que atrae a tantos a su estudio o a creer en ello, pero son pensamientos y creencias erróneos, fruto de la ignorancia, porque la guerra es un horror donde lo único cierto es que la muerte es tu constante compañera.

No existe la épica, no existe la gloria, y solamente los criminales o los dementes pueden regodearse con la guerra, con el sufrimiento y la destrucción de amigos y enemigos. Los soldados de verdad, los guerreros que hacen de la guerra su profesión, saben que no existe gloria ni épica alguna en la contienda y por eso la desaprueban, intentando por todos los medios no tener que empuñar las armas para solucionar los conflictos una vez más. Mas cuando se llega a eso, estos soldados cumplen con su deber con patriotismo, con celo y con profesionalidad, porque son los defensores de sus valores y de la patria que les vio nacer, de aquello que aman con tanta fuerza y pasión, que sacrifican sus vidas sin pensarlo. Por eso son héroes. A pesar de tener que combatir contra fuerzas superiores en soldados y armamento, a pesar de tener que luchar en multitud de frentes, siempre en pésimas condiciones, heridos, agotados, sabiendo que no pueden vencer, intuyendo o, en muchos casos, con la certeza de que un loco sanguinario es quien les guía, imbuidos por el sentido del deber y por la fuerza que les confería una larga tradición militar, tuvieron que dejar de lado sus temores, recelos y el horror que la guerra les hacía sentir para combatir por su país y contra un enemigo superior. Con todo esto en contra, aún tuvieron victorias en sus haberes y lograron proezas militares inimaginables.

Es entonces cuando se convierten en algo más que héroes: en Caballeros de la Cruz de Hierro. Y cuanto todavía van más allá, cuando osan cruzar esa línea y en medio de tanta destrucción y muerte siguen combatiendo con honor y valentía, entonces obtienen la inmortalidad en la forma de los Diamantes.

Pero estos Caballeros no alaban la guerra, no hablan de épica o de gloria, en sus cansados ojos, en sus resignadas posturas descubrimos la repulsa que sienten hacia el espanto que es la guerra, pero es su profesión, son los mejores en lo que hacen y lo saben, para su desdicha. Su tragedia es mayor cuanto que pelearon por una idea abominable, por una Alemania dominada por el nazismo que pretendía imponer su régimen de terror en todo el mundo, por un Führer megalómano que no supo estar a la altura de tan insignes héroes y por unos oficiales superiores, en su mayor parte nazis, que cegados por un artificial brillo de invulnerabilidad, pensaban que la épica y la gloria les esperaban en el campo de batalla. Un gran error que pagaron cincuenta y cinco millones de muertos.

“El Hombre, la mayor creación del Universo, es aquí humillado y asesinado para diversión de otros hombres". Seneca.

Este es un extracto de los libros CABALLEROS DE LA CRUZ DE HIERRO, EN GUERRA, y DIAMANTES DE LA CRUZ DE HIERRO escritos por los autores Juan Carlos Sánchez Clemares (autor también de la trilogía CRÓNICAS DE UN CONQUISTADOR) y J. A . Márquez Periano (autor de CABALLEROS DE LA MEDALLA DEL HONOR). Ambos libros publicados por MEDEA EDICIONES. Puedes encontrar muchas más información al respecto en las dos obras.

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