sábado, 26 de octubre de 2013

Mis héroes favoritos IV: El tanquista poeta

Estimados amigos,

     Hoy quiero hablaros de otro de mis héroes favoritos con el que además me siento muy identificado porque nuestras biografías, quitando las distancias, poseen bastante similitudes. Un hombre con un bello espíritu interior y un erudito del siglo pasado, amante de los clásico y de la poesía, además de ser uno de los estudiantes más brillantes de la Universidad de Oxford. Dado que es otro de mis héroes favoritos voy de nuevo a postear integra su biografía en lugar de subir únicamente un fragmento para que la disfrutéis al máximo. Este texto está extraido de mi última obra HÉROES BLINDADOS DE LA 2ª GUERRA MUNDIAL.


Keith, Douglas Castellain.  

Vergissmeinnicht

«Tres semanas  y los combatientes se han ido,
Volviendo sobre el suelo de pesadilla
encontramos el lugar de nuevo, y encontramos
al soldado tumbado hacia el sol.
El amenazador cañón de este arma 
lo eclipsa todo. Tal y como pasó
ese día, golpeó mi tanque una vez
como si fuera la entrada de un demonio.

Mira. Aquí en el despojo del interior del cañón
la deshonrada foto de su novia
que ha escrito en ella: Steffi. Vrgissmeinnicht
en una escritura gótica.

Lo vemos casi como algo
humillado, y el que parece haber pagado
y burlado por su propio equipo,
lo cual es duro y bueno cuando está muerto.
Pero ella lloraría si le viera hoy,
al ver como las moscas vuelan y se mueven sobre su piel,
el polvo sobre sus ojos de papel
y el estómago explotado como una cueva.

Porque aquí el amante y asesino se fusionan
cuerpo y corazón ensangrentados.
Y la Muerte eligió a este soldado 
y le ha entregado la herida mortal al amante.»

Este poema está escrito por uno de los poetas castrenses más importantes de la 2ª Guerra Mundial, Douglas Keith. La sensibilidad y exquisitez de los poemas y composiciones de este autor británico lo convirtieron años más tarde en el poeta más importante que participó en la 2ª Guerra Mundial, y lo más importante de todo es que fue oficial tanquista. Este poeta guerrera nació en la ciudad de Tunbridge Wells en el estado inglés de Kent el 24 de enero de 1920. 

La casta le venía al galgo dado que su padre era capitán del ejército británico retirado que se dedicaba a la crianza de pollos en la granja familiar, la cual tuvo que cerrar por dificultades financieras en 1926. El niño comenzó a estudiar en el colegio de Edgeborough School, en la ciudad de Guildford aunque solamente estuvo estudiando allí dos años, dado que la familia tuvo que mudarse en 1928 a la ciudad de Gales por las dificultades financieras del progenitor. El principal problema de la pobreza familiar radicaba en la enfermedad de la madre de Douglas, dado a los caros tratamientos a los que ella tenía que someterse. Finalmente esta situación acabó por desestabilizar el matrimonio, dado que se divorciaban en 1929. Su padre contraería nuevas nupcias en 1930. Keith decidió quedarse con su madre y rompió todo trato  con su progenitor con el que nunca volvería a comunicarse.
No hay duda que todos los grandes escritores sufren a lo largo de toda su vida, de tal forma que estos graves problemas personales les marcan para toda la vida, encendiendo así los fuegos gemelos de la creatividad literaria en su interior. Esto mismo lo confirma Keith años después en una carta de su puño y letra que hoy se conserva:

«Viví solo la mayor parte de mis años de formación de mi vida, y durante aquel tiempo viví solamente de mi imaginación, la cual era tan poderosa que me pudo persuadir de que las cosas que imaginé podían convertirse en realidad

Gracias a la generosidad del director de su escuela Douglas pudo continuar sus estudios, dado que como ya sabemos su familia era completamente pobre. En 1931 preparó su examen de ingreso al Christ`s Hospital donde la educación era gratuita y dispondría de ayudas económicas para poder seguir ayudando a su enferma madre. 
Fue aceptado y pudo continuar sus estudios en septiembre de 1931, lugar donde continuaría su formación hasta 1938. Es en esta institución donde se descubrió su considerable potencial capacidad literaria  y poética y su talento innato para la poesía. 
Como todas las grandes figuras literarias de todos los tiempos, la personalidad de Douglas era compleja y diferente a la de muchos de sus contemporáneos: poseía una personalidad caballeresca propia de otras épocas, quizás fomentada por la autoridad y constante pobreza a la que se había visto abocado a lo largo de toda su vida. Hay que decir que también era un enfervorecido pacifista, pero aun así tuvo oscuros acercamientos a las armas.

 Por ejemplo, en 1935 estuvo a punto de ser expulsado de su escuela por robar y utilizar un rifle de entrenamiento. No había duda que sentía una poderosa atracción por ellas a pesar de su defensa a ultranza de la paz. Su filosofía y sus ideas pacifistas resaltan enormemente en su personalidad, más cuando se distinguió entre otros alumnos en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales en el que se alistó voluntario… ¿herencia de las Historias que su padre le comentó sobre la Primera Guerra Mundial? Posiblemente.

Hay que decir que desde 1935 su productividad como estudiante se hizo mucho más productiva, dado que sobresalió como uno de los mejores estudiantes de su promoción, y también destacó en varios deportes. En 1938, por ejemplo, ganó un concurso de lectura sobre Historia en el Merton College de Oxford. Tendría un excelente tutor en el Merton College, un veterano de la Primera Guerra Mundial que se quedó completamente impresionado por las dotes literarias de este ardoroso guerrero.   

Douglas se convirtió en editor de la revista The Cherwell, además de uno de los poetas que aparecieron en una antología llamada Eight Oxford Poets (1941) (“Los Ocho Poetas de Oxford”). Keith fue una importante figura juvenil en el mundo de la poesía y llegaría a conocer a otros poetas de su generación. 

Acabaría, por méritos propios como estudiante, en la Universidad de Oxford. Por supuesto, era un hombre particular, y peculiares fueron también sus relaciones sentimentales. Comenzó una relación con una estudiante china llamada Yingcheng, hija de un diplomático. 

Hablamos de “peculiar” porque hay que recordar que aún estamos hablando de los años 40, en la cerrada sociedad británica de mediados del siglo pasado, con sus intransigentes clichés sociales. Parece ser que la joven asiática no estaba tan enamorada de él como pensaba, dado que rechazó casarse con él. Este amor no correspondido le marcaría de por vida, aunque tuvo otras relaciones posteriores. Nada más empezar la 2ª Guerra Mundial Keith fue los primeros de Oxford en alistarse para la guerra. Es curioso, pues hay que recordar que había escrito encendidos poemas antibélicos en su periódico y en la Universidad, pero tal y como él reconoció:

«Todo cambia la naturaleza de la guerra, el campo de batalla es simple dado que es la escena principal de la guerra: es donde las cosas interesantes suceden.»

Estas palabras escondían en último término una sed de curiosidad sobre la guerra, sed que quedaría más que saciada. Además buscaba su propia fuente de creatividad, y la guerra apagó su sed literaria de inspiración.
Douglas se alistó en el cuerpo de caballería soñando con aprender como “hacer cosas increíbles con espadas y caballos”. A pesar de su formación tendría que esperar casi dos años para ver cumplidos sus sueños. Su vida militar comenzaría con un entrenamiento de 5 meses con vehículos blindados en la ciudad inglesa de Gloucestershire. La verdad es que Keith estaba amargado aquellos días por no poder acudir a la guerra. Finalmente parece que su suerte cambió en junio de 1941, cuando fue enviado a Oriente Medio. El barco que le transportaba llegó al Cairo y poco después a Palestina donde se unirían a los batallones blindados que se estaban preparando para dirigirse al desierto. En este momento Keith ostentaba el rango de Teniente, adquirido principalmente gracias a sus estudios universitarios de Historia en Oxford. 

Pesé a los ruegos a sus superiores Keith no sería enviado al frente, sino que se le asignó a una unidad especializada en camuflajes. Ese sería su papel durante la guerra. Tendría tiempo para lamentarse de su mala suerte en el hospital, dado que contrajo algún tipo de enfermedad de relativa seriedad que le mantendría durante un mes en cama. Nada más salir del hospital mili-tar volvieron a confirmarle que, efectivamente, su puesto estaría en la retaguardia. Su ardor guerrero podría haberse diluido si hubiera podido seguir entrenando con algún tanque, pero no había ningún vehículo blindado en la retaguardia, todos habían sido enviados al frente. Sin muchas ocupaciones gastó su exceso de energías en multitud de partidos de rugby con sus compañeros, dado que tampoco tenían mucho más que hacer. 

Con el inicio de las hostilidades en El Alamein al año siguiente comenzó el entrenamiento de Douglas en como proporcionar camuflaje a diversas unidades. Su falta de atención era más que palpable, dado que lo único que pensaba era en adquirir experiencia de combate. Durante las clases de entrenamiento olvidaba (tal vez adrede) las diversas técnicas de camuflaje y sus oficiales comenzaron a exasperarse con aquel universitario de Oxford. En las cartas que escribía a Inglaterra se podía leer sus frustraciones en este sentido:

«El empuje en el desierto occidental parece que va bien. Si no tienen cuidado no nos dejaran nada por hacer. Pareceré idiota si regreso a casa si nunca entro combate

Como ya sabemos Keith era un hombre de acción que estaba dispuesto a hacer lo que fuera para perseguir sus sueños. Cuando se enteró de que los británicos habían sufrido graves bajas en El Alamein en octubre de 1942 decidió actuar. Si su suerte no cambiaba la cambiaría el mismo. Robó un camión y se dirigió hacia el frente,  conduciendo a través del desierto del Sinai con intención de atravesarlo y:

«Para divertirme hasta que me atraparan y me juzgaran en un consejo de guerra

Consiguió localizar a las fuerzas del 8º Ejército Británico y se presentó al Coronel E. O. Kellet.  Su entrevista ante el Coronel sirvió para descubrir su desobediencia, cosa que pareció importar poco al coronel dado que habían sufrido graves pérdidas y estaba bastante falto de oficiales para cubrir las bajas en sus unidades, por lo que la jugarreta de Keith que había incluso llegado a falsificar una orden para unirse a las tropas del frente, fue asignado al Pelóton A de los Rangers de Sherwood. En esta unidad comandaría un tanque Crusader Mark III, además de otros 5 tanques que componían su pelotón.  
El Crusader Mark III era un tanque medio de 20 toneladas de una longitud de 5,97 metros. Con tres tripulantes (comandante, artillero y conductor), tenía un blindaje de 32 milímetros, lo que le hacía que no fuera muy pesado y pudiera alcanzar velocidades cercanas a los 40 kilómetros por hora en carretera. 
Tenía un cañón de 57 milímetros que podía perforar los tanques alemanes de aquella época (Panzer II, III y IV) sin demasiados problemas. 
Nuestro poeta estaba completamente lleno de júbilo y excitación, dado que por fin podría entrar en combate:

«Es excitante y emocionante ver a miles de hombres. Muy pocos son quienes tienen una clara idea de porque están luchando, todos endurecidos, viviendo de forma antinatural, peligrosos, pero no completamente terribles, teniendo que matar o ser matados, y aun así a intervalos se movían por el sentimiento de camaradería con los hombres que les mataban y que sabían que les iban a matar.»

Este entusiasmo chocaba de lleno con su total convicción de que no sobreviviría a la guerra. Era un soldado que no conocía el miedo. Tenía ansias de adquirir experiencia de combate a pesar del precio que tendría que pagar. 
Le gustaba ensañar diferentes acciones en su cabeza, y el horror y la desdicha de la guerra impregnaría sus poemas de aquel momento, llegando a escribir el que es considerado el mejor poema bélico de su generación. Ya en su unidad se preparó para la futura guerra del desierto que le esperaba por delante. Desde luego nada le había preparado para aquel campo de batalla:

«Por muy lejos que miraras lo único que se veía en la distancia eran dunas a la izquierda y a la derecha y formaciones muy estiradas de vehículos de todas clases, vehículos de tres toneladas y vehículos más pesados de suministros, los grupos de trabajo de campo con grandes vehículos de recuperación con manivelas de 25 libras y motos de cuatro ruedas, cañones en agujeros con sus tripulaciones tumbados detrás de ellos, fuegos hechos con gasolina por todas partes, donde las tripulaciones hervían su té y carne enlatada en sus latas de gasolina

Aun así el encanto de la guerra parecía haberle capturado: <ver a aquellos tanques cruzar el campo rápidamente era una emoción inagotable.>. También en aquellos días Douglas encontró la camaradería que ansiosamente buscaba entre sus compañeros tanquistas.

Acompañado con una copia de “Alicia en el País de las Maravillas” y otro con los mejores versos de Shakespeare comenzó sus experiencias en el campo de batalla. Pronto vería su primer cadáver, visión que se convertiría en algo tan común para él como el comer. Estos primeros shocks serían recogidos élegamente en una obra que recogió su presencia en África. También su vida como tanquista apareció reflejada en sus cartas a familias:

«Aumentamos de nuevo nuestra velocidad pero parecía que no había nada delante de nosotros. Comencé a suponer que habíamos dejado atrás a Andrew en medio de la niebla y me di cuenta que os habíamos perdido, sin ninguna información sobre nuestra posición y objetivo

El libro que recogería sus experiencias se llamaría “Del Alamein a Zem Zem” donde quedaron plasmados todos sus pasos en África, así como su experiencia en el aprendizaje del arte de la guerra. En una ocasión cavaron trincheras tras abandonar sus tanques y poco después comenzaron a ser atacados por fuego de mortero. Douglas ordenó a sus hombres esconderse debajo de sus Crusader. Después de algunos momentos un sargento apareció en lo alto de una torreta y dijo:

«¿Qué chorradas les estas inculcando a tus hombres? Si paran de cavar cada vez que un poco de mierda les caiga encima nunca terminarán. Vamos chicos, fuera y a hacer un poco de este trabajo sangriento.»

Estas lecciones serían aprendidas muy bien por el joven teniente dado que trató en todo momento de ser siempre honesto y claro en toda situación con sus hombres, manteniendo siempre un característico humor que sería una de sus señas de identidad en su unidad. En su obra fue muy crítico con los oficiales de alto rango con los que tuvo ciertos problemas, debido principalmente a sus orígenes humildes y a su exquisita educación, dado que la mayoría de oficiales solían ser miembros de familias pudientes o de la nobleza. También fue testigo de la entrada de los primeros tanques Churchill III en combate, los cuales fueron rápidamente destruidos. De este asunto llegaría a decir que:

«Quien quiera que haya organizado estas pruebas (*del Churchill III en combate), estoy seguro que se sienta detrás de su bigote de caballería en el cuartel General. El Cairo ha obviado informar a las tropas que combaten en primera línea.»

Otra de las anécdotas que definen el carácter de nuestro héroe es cuando asistió a un interrogatorio de un prisionero de guerra alemán el cual negó conocer las atrocidades nazis cometidas tanto en Polonia como Rusia, y Douglas le creyó, lo cual le causaría enemistarse con algunos oficiales, pero como él mismo razonó en sus escritos:

«¿Por qué tendría que conocer algo sobre ellos? La teoría del sistema alemán consiste en concentrarse en sus perversos matones y verdugos, dejando fuera de las atrocidades a sus soldados profesionales.»

El poeta descubrió en su obra el extraño mundo de la guerra en el desierto, como los hombres vivían y luchaban entre tormentas de arena, moscas, mosquitos, las fiebres producidas por estos, dunas, valles, interminables dunas de arena, días terriblemente calurosos y noches terriblemente frías, máquinas de guerra camufladas que brillaban traicioneramente a causa del abrasador sol, vehículos enteros bloqueados por la arena y cuerpos mutilados. Llegaría con las tropas británicas a Trípoli, y este era el estado de las unidades inglesas en aquel momento según sus propias palabras:

«La área es como una manta y hace que respirar sea difícil en todo momento, y a veces apenas eres incapaz de hacerlo.  Mi ojo izquierdo y mi frente se han hinchado sin razón aparente,  la piel y los ojos me pican y tengo un ligero dolor de cabeza tan fuerte que es  como si estuviera borracho. […] El agua, que parece agotarse siempre, tiene un sabor fuerte a desinfectante y sal, como si se hubiera mezclado con whisky. […] Miro hacia atrás y parece como si hubiera gastado parte de mi vida en la luna, como si hubiera sido una vida muy corta en una nueva dimensión

 Douglas participó con su unidad en tremendos y duros combates contra los alemanes como oficial tanquista, logrando destruir a varios tanques alemanes durante la 2ª y 3ª Batalla de El Alamein. Hay que decir que una ocasión su tanque fue impactado por una bala del cañón del 88, salvando la vida milagrosamente. En otra ocasión recogió varias pertenecías personales de alemanes muertos en el campo de batalla a los que él mismo había eliminado desde su tanque. Una de aquellas pertenencias fue una foto de una chica alemana que daría origen a la poesía escrita al principio de esta biografía. En otra ocasión encontró un ejemplar de “Así habló Zaratustra” cuyo antiguo propietario había subrayado las frases aplicables al ideario nazi. 
Keith no fue el mejor oficial tanquista de la guerra, pero no hay duda que lo hizo lo mejor que pudo, viviendo dentro de su tanque de forma ajena a la realidad:

«En el fragor del tanque, el mundo exterior parece misteriosamente silencioso y el territorio en que se adentra, punteado de carcasas humeantes de panzers del enemigo

Tuvo algunos enfrentamientos que casi rozaron lo épico contra unidades abrumadoramente superiores, pero siempre lograba escabullirse del combate gracias a la velocidad de su pequeño carro blindado. Como él mismo escribe en su obra, el mayor peligro de los tanques británicos no eran los tanques enemigos, sino las mortíferas piezas del 88 que se ocultaban entre las dunas. También su prosa nos describe el horror de la batalla con su total crudeza:

«Se distinguía que era un ser humano solo por la ropa. No tenía cara: en su lugar había una enorme leguminosa amarilla en la que unos ojos sin pestañas parpadeaban

También describe con crudeza las terribles muertes que los miembros de las tripulaciones tanquistas sufrían en el interior de sus tanques y los cadáveres que se encontraba, como por ejemplo, los que encontró a bordo de un Crusader:

«Su expresión de agonía parecía tan viva y apremiante, su mirada fija tan salvaje y desesperada... Me llenó de inútil compasión

Una mosca en el ojo seco de otro cadáver le hace pensar en Rimbaud, un Sherman ardiendo en el crepúsculo, en Ambrose Bierce. Al meterse en el  interior de un tanque  Fiat M 14-40 italiano averiano, del que surge un olor dulzón, para inspeccionarlo, apunta: 

«La tripulación estaba, por así decir, distribuida alrededor de la torreta. Al principio me resultó difícil de entender cómo estaban colocados sus miembros. Yacían en un torpe abrazo, sus blancas caras aún más blancas, como siempre estaban las de los muertos en el desierto, por la ligera capa de polvo que las recubría. Uno tenía un gran agujero en la cabeza, con todo el cráneo hundido por detrás de lo que quedaba de una oreja

Son muchas las escenas atroces en las dunas. Pero también hay lugar para la cotidianeidad de las raciones y las lecturas, la mecánica y la búsqueda de souvenirs del enemigo: las pistolas Luger y Beretta. Y para la exultante sensación de haber vencido y seguir con vida entre tantas cruces que jalonan el camino: 

«Nos repartimos el botín con el júbilo inmemorial de los conquistadores y, bajo la vieja manta del cielo comida por las estrellas nos acostamos a soñar con la victoria.»

Durante la campaña de África, Keith Douglas y su unidad fue responsable de la destrucción de al menos una docena de tanques enemigos, aunque no hay mención oficial encontrada por este autor a sus logros militares. Como hemos dicho su tanque fue alcanzado por un cañón del 88 en una ocasión, y tras aquello la campaña africana terminó para él. Seria ascendido a capitán con veinte cuatro años y regresó a Inglaterra con su unidad, los Rangers de Sherwood. En una carta que dirigió a un amigo el poeta decía:

«He sido cebado para la matanza, y ahora estoy simplemente a la espera de que esta comience.»

Douglas era uno de los hombres que sentía la llegada inminente de la muerte y hablaba de ello con sus amigos más íntimos. Resulta sorprendente comprobar cuántos de ellos acabarían teniendo razón, y por algún motivo semejante pensamiento se convirtió en una profecía irremediable. Douglas asistió a una procesión religiosa el último domingo antes del Día D para el que se había entrenado los meses posteriores a su convalecencia en Reino Unido. Luego dio un paseo con el capellán del regimiento, que recordaría que el joven poeta se había resignado a una muerte inminente y que no estaba deprimido por esa idea.  En opinión de un oficial compañero suyo, su fatalismo se debía a la sensación de que había agotado su ración de buena suerte en la guerra del desierto. 3 días después del desembarco con su tanque en la playa Gold pisaría una mina, muriendo en el acto. Sería enterrado en un seto muy cerca del lugar donde murió pero su cuerpo sería posteriormente recuperado y hoy en día descansa en el cementerio militar de Tilly-sur-Seulles, cerca de  Caen.

No hay duda que Keith Douglas no fue precisamente un “as” al uso, dado que no destruyó más que 8 o 10 tanques enemigos, entre los que se encontraban algunos Fiat italianos, pero fue sin duda el poeta bélico británico más importante de la 2ª Guerra Mundial.


2 comentarios:

  1. Cuánta sensibilidad. La última estrofa del poema que ha colocado es, simplemente, hermosa.

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    1. Muchas gracias. Fue el fragmento de su obra que utilicé en el libro en el que hago referencia a este tanquista.

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