sábado, 15 de noviembre de 2014

- Héroes Olvidados XXIX: Caballeros de la Cruz de Hierro con Hojas de Robles, Espadas y Diamantes -

«¡Alzaos, compañeros, llevad la cabeza bien alta, como en los desfiles! ¡Es preciso que no os avergoncéis de vuestras acciones! ¡Fuisteis los mejores soldados!» Heinz Guderian.



Estimados amigos,

     Hoy quiero recordar a los 28 héroes de guerra condecorados con la Cruz de Caballero con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes (27 según la Historia oficial, pero el autor de este blog descubrió a un 28º siendo el hito histórico más importante sobre la investigación de los condecorados con la Cruz de Caballero de los últimos años)... héroes olvidados que también merecen su recuerdo en la historia militar gracias a sus logros en combate. Pero antes os quisiera recordar que ya podéis seguirme en Twitter, soy @DelhRoh o a través de Facebook en mi página oficial de "seguidores". Podéis acceder a mis respectivos sitios pinchando aquí:


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El mejor ejército de toda la Segunda Guerra Mundial hasta 1942 fue sin sombra de toda duda el ejército alemán. Los libros de historia están cubiertos de las hazañas militares de los oficiales y soldados que lucharon en todos los frentes abiertos en África y Europa. Hitler fue sin duda un genio, al hacer como suyas las exigencias del ejército alemán de la posguerra para conseguir el apoyo final de este y consiguiera algo que para nosotros suena tan ridículo pero que en aquella época era muy, muy importante: la lealtad.

¿Lealtad a un monstruo que contribuiría a la muerte de más de 50 millones de personas al iniciar el conflicto más cruento de toda la historia de la Humanidad? ¿El monstruo que fue capaz de exterminar a más de seis millones de judíos en los campos de exterminio por su visión de pureza racial? Sí. Así es.

Para comprender algo que a ojos de un ciudadano del siglo XXI parece incomprensible vamos a retraernos a los finales de la Primera Guerra Mundial. Todos los historiadores están de acuerdo al afirmar que las condiciones impuestas a la Alemania Imperial, orgullosa y temible, fueron injustas y draconianas. Alemania se hundió económica, social y democráticamente hablando. Basta con acudir a los libros de Historia para comprobar que aquellos tumultuosos años fueron el preludio de una nueva guerra: hambre, luchas internas, intentos de golpe de estado, cientos de miles de soldados sin ocupación alguna, las milicias populares, las luchas entre los comunistas alemanes y estas milicias, las decenas de partidos radicales que vieron su nacimiento en aquella tempestuosa época… era el caldo de cultivo que un dictador necesitaba para llevar a cabo sus fines, y el elegido fue Adolf Hitler, pero se puede afirmar sin lugar a dudas que si Hitler hubiera muerto en el Putsch de Múnich el 9 de noviembre de 1923, otro "Hitler" habría tomado su lugar y el resultado posterior habría sido relativamente similar. Pero, ¿por qué el ejército alemán no intervino para detener los pies a este dictador? Al fin y al cabo era un mero político que aunque sí contaba con un ejército propio (las SS, heredera de las SA), no podía hacer sombra al ejército regular de la República de Weimar de 100.000 efectivos. 



- Hitler supó contentar al ejército en su carrera imparable hacia el control de Alemania -

Hitler ganó en las urnas y sus acciones políticas le llevaron a conseguir el poder absoluto y la disolución del parlamento alemán. Hitler desoyó las obligaciones contraídas con los vencedores de la Primera Guerra Mundial, y el ejército pudo de nuevo volver a rearmarse e ignorar todas las restricciones impuestas en el Tratado de Versalles de 1919. Hitler contentaba así a muchos altos oficiales, pero aún así el alto sentido del honor de los oficiales prusianos que aún componían la alta cúpula militar alemana le impedía en un primer momento actuar en contra del gobierno legitimado en las urnas.

De todas formas, pronto se vio lo que aquel dictador pretendía conseguir con palabras y discursos encendidos: llevar a Alemania a una nueva guerra tarde o temprano. Desde el Mariscal de Campo más condecorado hasta el soldado más insignificante podría darse cuenta de aquello. Alemania se modernizaba y se militarizaba a pasos agigantados. Muchos altos oficiales en el Estado Mayor comenzaron a cuestionarse si realmente aquel "Cabo Prusiano" (tal y como era visto por el Canciller Hindenburg) era lo que Alemania necesitaba. De hecho, antes de tener todo el poder en sus manos, los altos mandos ya se temían lo peor:



<<Le prevengo solemnemente que ese fanático llevará a nuestra Patria a la perdición y sumirá al país en la más espantosa de las miserias. Las futuras generaciones le maldecirán en su tumba por lo que ha hecho>>.

Palabras proféticas del Mariscal Ludendorff (que conocía a Hitler muy bien, dado que participó con él en el Putsch de Múnich) que enviaba en un telegrama a Hindenburg antes de que este nombrará Canciller a Hitler. Estaba claro que nadie estaba ciego. Pero en aquel momento, era lo que Alemania necesitaba para salir del agujero negro en el que había entrado. Hitler sabía que el ejército alemán era heredero del ejército prusiano, y por ende, a pesar de estar ya en los años 30 del siglo XX, era un ejército de profundas convicciones morales descendiente de un orgulloso ejército imperial. Honorable en las formas y reconocedor del valor, teniendo como dos pilares fundamentales la obediencia y el honor. Es por eso que un juramento de lealtad a su persona era el siguiente paso que necesitaba para doblegar en un futuro al ejército.

Este paso lo dio en 1934, cuando aún no estaba frío el cadáver del viejo mariscal Hindemburg. Hitler ya atesora en sus manos el cargo de Canciller y Presidente del Reich, y es por ello que ordenó inmediatamente al Alto Estado Mayor alemán que le jurara fidelidad incondicional.


- El juramento de las fuerzas armadas a Hitler, el Führer -


En presencia de Dios presto este sagrado juramento de obediencia incondicional al Führer del Reich y del pueblo alemán, Adolf Hitler, Comandante Supremo de la Wehrmacht, estando dispuesto como valiente soldado a entregar mi vida por este juramento” 


El 2 de agosto de 1934, apareció ese juramento en un comunicado oficial del Ministro de Defensa del Reich (von Blomberg) que debía realizar todo soldado y oficial de las Fuerzas Armadas alemanas. Un juramento "sagrado", casi divino, pues el soldado alemán conocía el auténtico significado de la palabra lealtad, y romper un juramento, la palabra dada, era atentar contra su propio honor, sentimientos muy arraigados en un ejército de estirpe imperial que aún recordaba su gloria perdida. Una sencilla fórmula como la aquí reflejada que nos dice mucho de la astucia de Hitler a la hora de entender al ejército alemán de la época… y como engañarlo usando sus debilidades en su propio beneficio. Al lector le puede parecer incomprensible que con un juramento los oficiales y el ejército alemán siguieran al tirano hasta la caída del régimen en 1945 a pesar de las enormes atrocidades y errores cometidos por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. Es por esos pilares monolíticos ya comentados: es la esencia del soldado alemán de aquella época; honor, obediencia y lealtad. Un soldado debía ser leal, y sin honor no era nadie. Así, tal vez se pueda entender como el intento de magnicidio del 20 de julio de 1944 de von Stauffenberg no tuviera apenas apoyos militares y que posteriormente fuera considerado "un traidor" por intentar asesinar a Hitler por sus compañeros de armas. ¡Un traidor aquel que quiso acabar con el yugo del tirano!

En 1937, en el momento en el que el ala del ejército más conservadora, que era totalmente hostil a las SS, fue eliminado de un plumazo, Blomberg, uno de los mariscales del Estado Mayor, se casó con una mujer que de joven ejerció la prostitución. Este hecho fue descubierto por los nazis, y para salvaguardar su honor y el suyo propio se vio obligado a dimitir, por lo que fue exiliado sin remisión a la Isla de Capri. Lo sucedido con el matrimonio de Blomberg le dio la idea a Hermann Göring y a Himmler de organizar un escándalo similar para deshacerse del comandante en jefe del ejército, el general Werner von Fritsch.  Después del escándalo de Blomberg, Fritsch fue acusado falsamente de ser homosexual. Fue animado por otros oficiales a intentar a dar un golpe de estado, pero su honor se lo impidió, dimitiendo de sus funciones el 4 de febrero de 1938. Fue de nuevo reincorporado al servicio en 1939 durante la invasión de Polonia, y mientras estaba inspeccionando a las tropas en primera línea de combate fue gravemente herido, negándose a recibir atención médica y muriendo desangrado, tal vez como una forma de limpiar el honor, que para los oficiales prusianos era tan importante. Hitler aprovechó estas maniobras para transferir las tareas del Ministro de la guerra al recién creado Alto Mando de la Wehrmacth (OKW), y a su nuevo jefe Wilhelm Keitel (un lacayo directo de Hitler). Esto debilitó el poder del Alto Mando del Ejército (el OKH), dejándolo subordinado al OKW. Hitler reemplazó decenas de generales y ministros, consiguiendo así el control absoluto de la Wehrmacth. Muchos oficiales protestaron ante estas intromisiones y movimientos brutales y faltos de moral de Hitler, pero sus protestas se vieron rápidamente silenciadas por la conquista de Austria, y el dictador se cubría de una aureola de invencibilidad que ya nunca le abandonaría. 

Hoy en día nosotros podemos pensar que un juramento se puede romper con la misma facilidad con la que rompemos una hoja de papel, pero en el espíritu militar prusiano presente en todo el ejército alemán de la Segunda Guerra Mundial (y mucho más arraigado en los oficiales) era poco más que perder aquello que lo convertía en un igual entre sus compañeros: el honor. El honor y la reputación lo eran todo, y sin esas dos cosas no eran nada. Traicionar la palabra dada era lo más parecido a suicidarse socialmente en la Alemania nazi, y traicionar el honor era lo más bajo que podía caer un hombre. Salvando las distancias, los oficiales alemanes y japoneses tenían un sentido del deber y del honor muy parecido. Con la pérdida del primero, los soldados u oficiales perdían toda su vida social y la posibilidad de labrarse un futuro en Alemania, mientras que el oficial o soldado japonés solía preferir el suicidio a verse privado de su sagrado honor.

Es por eso que Hitler, movido por aquellos recuerdos de grandeza del ejército prusiano y para honrar a tan honorables oficiales, volviera a instituir la Cruz de Hierro, y a su vez, nacía la mítica Cruz de Caballero para galardonar a los "héroes" de la futura Alemania (consultar el libro Caballeros de la Cruz de Hierro para más información). A medida que fue desarrollándose la guerra hubo militares que destacaron por encima de los demás en multitud de ocasiones y las condecoraciones para honrar a los nuevos héroes fueron sucediéndose una detrás de otra: Cruz de Caballero con Hojas de Roble, Cruz de Caballero con Hojas de Roble y Espadas y finalmente la Cruz de Caballero con Hojas de Roble, Espadas y Diamantes, convirtiéndose así en leyendas vivientes del ejército alemán... 28 fueron los elegidos para la gloria, gloria que podéis descubrir en mi obra Diamantes de la Cruz de Hierro.


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