domingo, 15 de febrero de 2015

- Anécdotas legendarias VI: Un prisionero de guerra y Kurt Knispel -



Hoy hablaremos de la anécdota más conocida de Kurt Knispel, el mejor tanquista de la 2ª Guerra Mundial en la que defendió a un prisionero de guerra. Aunque la anécdota ha sido recogida en multitud de páginas webs NINGUNA recoge la escena correctamente y al detalle, algo que por fin hago EN CASTELLANO. 

Es un fragmento de mi obra HÉROES TANQUISTAS DE LA 2ª GUERRA MUNDIAL.


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Durante el trayecto de vuelta a la guerra, Kurt Knispel vivió uno de las anécdotas más famosas de su experiencia vital, que además define y nos da una clara idea de cómo era realmente este héroe de guerra. La unidad de Knispel se dirigía hacia Rusia en tren. Era bastante cómodo, tanto como lo permitía el desarrollo de la guerra. El tren estaba detenido en una estación en algún lugar indeterminado de Cracovia. Aquella noche, Kurt Knispel estaba sentado al lado de los tanques con su amigo Alfred Rubbel hablando de cosas triviales. Como bien ya sabemos Knispel tenía una increíble vista y se fijaba en cualquier movimiento o figuras sospechosas en la oscuridad, más ahora dado que había perfeccionado estas habilidades aún más en el campo de batalla. Observó a dos figuras a unos 100 metros, una de ellas llevando un traje a rayas (símbolo de su condición de prisionero) y a otro hombre armado con un rifle que vestía un uniforme del ejército que bien podría ser un guardián de un campo de concentración o de las fuerzas de defensa de la región. El prisionero se detuvo un instante y el guardia le golpeó con la culata de su rifle mientras le ordenaba con gestos bruscos que continuará su camino. Este, tal vez porque estaba muy débil o porque el golpe del rifle fue demasiado duro, cayó al suelo, momento que fue aprovechado por el guardia para patearle en multitud de ocasiones mientras el preso trataba de incorporarse.

Kurt se levantó y le dijo a su amigo:

       – Maldita sea, voy a parar esto ahora mismo.
       – ¡Ten cuidado Kurt! Eso te puede meter en muchos problemas – le  indicó el oficial.
        No me importa. No puedo verlo y tener la boca cerrada.

Saltó al suelo desde el tanque en el que había estado sentado junto a su compañero charlando y se dirigió hasta las dos figuras. Mientras caminaba cogió la pistola de su guerrera y la empuñó.  Se acercó a escasos metros de la escena y apuntó al guardia que en ese momento estaba dando al reo una nueva patada.

          ¡Detente perro!

El guardia en lugar de amilanarse miró con desdén Knispel y le dijo en tono altanero:

        ¿Qué quieres imberbe?
        ¡Te lo voy a enseñar ahora mismo!

Knispel, fuera de sí golpeó la cara del soldado con la mano abierta. Fue un buen golpe, tanto que el soldado apuntó a Knispel con su fusil, pero Knispel se lo arrancó de las manos y tras tirarlo a las vías empujó al soldado, y este cayó al suelo. Ya en el suelo, el soldado recibió varias patadas en su espalda propinadas por Knispel. Tras varias patadas, se marchó malhumorado y maldiciendo. El soldado se incorporó, recuperó su arma y se llevó al prisionero sin volver a hacer ningún uso de la fuerza.

Knipel se sentó de nuevo al lado de Rubbel de nuevo se limitó a sonreír y dijo:

         – Si solo supiera que no voy a causar por eso más daño al pobre diablo…

Rubber no contestó. Ahí no acabaría el famoso incidente, dado que un poco más tarde apareció una unidad de la policía militar en la siguiente estación y preguntaron por un soldado de pelo negro y metro ochenta de altura. Por supuesto no se anduvieron con rodeos, dado que expusieron al comandante de la unidad blindada lo ocurrido. Este se cruzó de brazos y les dijo:

      – Si pretendes decir que vas a llevarte a uno de mis muchachos con vosotros, entonces uno de vosotros tendrá que quedarse aquí y ocupar un puesto en un tanque. – Y soltó una sonora carcajada.

Por supuesto esto no sentó demasiado bien a los miembros de la policía militar que le vinieron a responder algo parecido a esto:

        – Guárdese su amenazas coronel. Nos lo llevaremos con o sin su consentimiento.

En ese momento el comandante echó mano de su pistola Luger y apuntando a los miembros de la policía militar dijo:

     ¡Yo soy el comandante de este tren!  ¡Aquel que ponga un pie en el sin mi consentimiento será eliminado de un tiro!

Y la policía militar se retiró con el rabo entre las piernas. Nadie más hablaría más del asunto o iría pidiendo explicaciones de nuevo al comandante.

Kurt recordaría posteriormente en varias ocasiones la mirada de agradecimiento de aquel anónimo prisionero le dirigió, y no había duda que le marcaría para el resto de su vida. La noticia de lo acontecido pronto circuló por la compañía e incluso llegaría a oídos del propio comandante de la unidad que se limitó a aprobar el comportamiento de Knispel.

Rubbel recordaría años más adelante lo siguiente sobre esta historia:

<El respeto que sentíamos hacia Kurt Knispel creció incluso mucho más que antes, incluso más que sus logros militares, que ya eran considerables. Había suficientes portadores de la Cruz de Caballero y otras condecoraciones […] Pero en esta situación nos había demostrado como actuar, además de darle una lección de moral al guardia. Aparte sintió vergüenza de nosotros dado que durante la escena todos permanecimos en silencio.>


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